domingo, 2 de agosto de 2015

La caída de los gigantes


El filósofo Bertrand Russell fue a Rusia ese año y escribió un breve libro titulado Teoría y práctica del bolchevismo, que estuvo a punto de provocar el divorcio de los Leckwith.

Russell se mostró en contra de los bolcheviques con gran vehemencia. Y, lo que es peor aún, lo hizo desde un punto de vista de izquierdas. A diferencia de los críticos conservadores, él no afirmaba que el pueblo ruso no tuviera derecho a deponer al zar, a repartir las tierras de los nobles entre los campesinos y a dirigir sus propias fábricas. Al contrario, se mostraba conforme con todo aquello. Sin embargo, atacó a los bolcheviques, no por tener los ideales equivocados, sino por tener los ideales correctos pero ser incapaces de vivir de acuerdo con ellos. De modo que sus conclusiones no podían desecharse de plano por ser propaganda.

Bernie lo leyó primero. Como todos los bibliotecarios, no soportaba que la gente escribiera en los libros, pero en este caso hizo una excepción, y garabateó las páginas con comentarios iracundos, subrayó frases y escribió «¡Sandeces!» o «¡Argumento inválido!» con lápiz en los márgenes.

Ethel lo leyó con el bebé en brazos, que ya había cumplido un año. Le pusieron Mildred, pero siempre la llamaban Millie. La Mildred mayor se había trasladado a Aberowen con Billy y ya estaba embarazada del primer hijo de ambos. Ethel la echaba de menos, aunque se alegraba de poder utilizar las habitaciones del piso de arriba de la casa. La pequeña Millie tenía el pelo rizado y, a pesar de su corta edad, una mirada coqueta que recordaba a Ethel a todo el mundo

La caída de los gigantes
Ken Follet, 2010

jueves, 16 de julio de 2015

De qué hablo cuando hablo de correr

     Como todavía no me he quitado de encima el cansancio acumulado a causa de tanto entrenamiento, apenas consigo correr con velocidad. Por la mañana, mientras corro tranquilamente a mi ritmo por la ribera del Charles, me adelantan, una tras otra, unas chicas que parecen estudiantes que acaban de ingresar en Harvard. La mayoría de ellas son bajitas y estilizadas, llevan camisetas de color fucsia con el logotipo de Harvard y colas de caballo rubias, y escuchan música en sus iPod nuevos, mientras corren en línea recta cortando el viento. Hay en ello, sin duda, algo de desafiante y de agresivo. Parecen estar acostumbradas a ir adelantando a todo el mundo. Y seguramente no están habituadas a que las adelanten. Salta a la vista que son brillantes, sanas, atractivas, serias y muy seguras de sí mismas. En la mayoría de los casos, su forma de correr no es, se mire como se mire, la idónea para las largas distancias; es propia de corredores de media distancia. Su zancada es larga y tienen un apoyo incisivo y firme. Tal vez correr tranquilamente mientas se contempla el paisaje no encaje con su mentalidad.
     En  contraste, yo estoy (aunque no me enorgullece decirlo) bastante acostumbrado a perder. Hay en este mundo un montón de cosas que exceden mi capacidad y un montón de adversarios a los que jamás vencería. Pero esas chicas tal vez no conozcan aún ese tipo de dolor. Además, lógicamente, tampoco hace falta que conozcan ahora ese tipo de cosas. Y sobre esto divago mientras contemplo el balanceo de sus pretenciosas colas de caballo y sus beligerantes piernas estilizadas. Y continúo corriendo tranquilamente, a mi ritmo, por la ribera.
     ¿Existieron en mi vida días tan radiantes como los que viven ellas? Sí, puede que sí hubieran... Pero tengo la impresión de que, aunque en aquella época yo hubiera llevado una larga cola de caballo, su vaivén no habría sido tan pretencioso como el de las suyas. Y mis piernas de entonces tampoco debían de batir el suelo con tanta fuerza como las de ellas. Pero supongo que eso es lo lógico. A fin de cuentas, ellas son brillantes estudiantes de la excelsa Universidad de Harvard.

De qué hablo cuando hablo de correr
Haruki Murakami, 2007

Billie

     Tampoco es que me hubieran maltratado a lo bestia en mi infancia, en plan hasta el extremo de acabar en la primera página del periódico local de sucesos, pero sí que me pegaban un poco todo el tiempo.
     Todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo...
     Que si una bofetadita aquí, que si una bofetadita allá, que si ahora una colleja, que si una patada en las piernas cuando pasaba por ahí o cuando ni siquiera pasaba por ahí, las manos siempre levantadas como diciendo te voy a meter una que te avío y tal, y eso me había... ¿Cómo decirlo?
     Recuerdo que un día leí a escondidas en la biblioteca del colegio un folleto sobre el alcohol que decía que, por supuesto, no había que beber, pero que si por ejemplo te pillabas una buena cogorza una noche, era como derramar un cubo de agua en el suelo: no estaba muy bien, pero bueno, pasabas la fregona, el suelo se secaba y listo, mientras que el alcoholismo, incluso bien disimulado o incluso controlado, era como un goteo continuo, y que, poquito a poco, gota a gota, al final se te hacía un agujero en el suelo. Aunque fuera un suelo súper sólido...
     Pues bien, eso eran las bofetaditas y los moretones que acumulaba sin tregua desde que era niña... No me mandaron a las páginas de sucesos ni llamaron la atención de las trabajadoras sociales, pero me perforaron la cabeza. Y por eso tenía tanto miedo siempre: hasta la más mínima corriente de aire me atravesaba de parte a parte y me derribaba. Y por aquel entonces Franck tampoco era lo bastante fuerte para taparme ese agujero como yo hubiera necesitado. Por eso nos andábamos con tantas precauciones el uno con el otro.

jueves, 25 de junio de 2015

El amor imperfecto

   Cuando Marta nació ya éramos unos expertos. Yo aquella mañana era la mamá más vieja de los pasillos del hospital, pero en la bolsa que llevaba conmigo esta vez no faltaba absolutamente nada. A eso se llama experiencia. Sin embargo, su llanto me pareció tan fuerte como para lacerarme el corazón. Yo no dejaba de pedir que la examinaran. "¿Nos oye? ¿Nos ve? ¿Podrá caminar?" había pasado muchas noches mirando en Internet y sabía que genéticamente Marta tenía todas las posibilidades de estar dotada de un oído normal e, incluso si esta frase hace que me sienta mal al pensar en ti, debo admitir que sentí un gran alivio al saber que ella tendrá un camino menos tortuoso que recorrer. Porque, si es verdad que no podría nunca elegir entre vosotros, si sabría con seguridad pedir lo mejor para vosotros.

El amor imperfecto
Sara Rattaro
Duomo ediciones
Barcelona, 2014
Título original: Non volare via

miércoles, 24 de junio de 2015

El violinista de Mauthausen



Pero no es más que una ilusión, y una de las cosas que he aprendido es que las ilusiones no siempre se cumplen, o al menos no cuando hace falta o uno quiere, o acaso se cumplen cuando ya da lo mismo. Mas también he aprendido que gracias a ilusionarse, siendo o no consciente de hacerlo en vano, se puede seguir vivo aunque solo sea por un día más, y luego otro, y otro, y así hasta llegar a esa tarde que de repente se había hecho de noche en París, a finales de verano de 1945, el primero de seis veranos - nueve, si contaba lo de España - sin guerra.

El violonista de Mauthausen
Andés Pérez Domínguez

XLI Premio de novela Ateneo de Sevilla
Ed. Algaida, 2009



domingo, 21 de junio de 2015

Vestido de novia


Aquella mañana, como tantas otras, se despertó llorando y con un nudo en la garganta, aunque no tenía ninguna preocupación concreta. En su vida, el llanto no es nada excepcional: las lágrimas la acompañan todas las noches desde que está loca. Si por las mañanas no se notara las mejillas empapadas, podría llegar a creer que pasa noches tranquilas de sueño profundo. Por las mañanas, la cara llena de lágrimas y la garganta atenazada son mera información. ¿Desde cuándo? ¿Desde que Vincent sufrió el accidente? ¿Desde su muerte? ¿Desde la primera muerte, muy anterior?

Se ha enderezado apoyándose en un codo. Se seca los ojos con la sábana mientras busca los cigarrillos a tientas y, al no encontrarlos, se acuerda de pronto de dónde está. Lo recuerda todo, lo que sucedió el día anterior, la velada... Recuerda inmediatamente que tiene que irse, salir de esa casa. Levantarse e irse, pero se queda ahí, clavada en la cama, incapaz de un gesto mínimo. Agotada.

Vestido de novia
Pierre Lemaitre

Editorial Alfaguara

miércoles, 17 de junio de 2015

BIG BROTHER

Mientras volvía a buscar a mi hermano con la vista, observé detenidamente a los pasajeros de ese vuelo, gente a cuya geometría me había vuelto tan inmune que, al principio, no capté la altanera inferencia de la mujer. Si las generaciones anteriores eran puros ángulos agudos, los norteamericanos de hoy están hechos con perpendiculares, y los que estaban al final de la cinta eran todos igual de «cuadrados». Dada la pasmosa popularidad de los tejanos de «tiro bajo», unas ajustadas pretinas cruzaban las caderas en el punto más ancho y un poco por debajo de la tripa, a la que, de vez en cuando, un top demasiado corto dejaba al descubierto en todo su convexo esplendor. Yo evitaba esa moda nada agraciada, pero con mis nueve kilos de más no me distinguía de la multitud, y me sentí personalmente insultada cuando el deportista dijo por lo bajo a su acompañante:

-Bienvenida a Iowa.

Big Brother
Shriver, Lionel
Anagrama
Traducción de Daniel Najmías