miércoles, 24 de junio de 2015

El violinista de Mauthausen



Pero no es más que una ilusión, y una de las cosas que he aprendido es que las ilusiones no siempre se cumplen, o al menos no cuando hace falta o uno quiere, o acaso se cumplen cuando ya da lo mismo. Mas también he aprendido que gracias a ilusionarse, siendo o no consciente de hacerlo en vano, se puede seguir vivo aunque solo sea por un día más, y luego otro, y otro, y así hasta llegar a esa tarde que de repente se había hecho de noche en París, a finales de verano de 1945, el primero de seis veranos - nueve, si contaba lo de España - sin guerra.

El violonista de Mauthausen
Andés Pérez Domínguez

XLI Premio de novela Ateneo de Sevilla
Ed. Algaida, 2009



domingo, 21 de junio de 2015

Vestido de novia


Aquella mañana, como tantas otras, se despertó llorando y con un nudo en la garganta, aunque no tenía ninguna preocupación concreta. En su vida, el llanto no es nada excepcional: las lágrimas la acompañan todas las noches desde que está loca. Si por las mañanas no se notara las mejillas empapadas, podría llegar a creer que pasa noches tranquilas de sueño profundo. Por las mañanas, la cara llena de lágrimas y la garganta atenazada son mera información. ¿Desde cuándo? ¿Desde que Vincent sufrió el accidente? ¿Desde su muerte? ¿Desde la primera muerte, muy anterior?

Se ha enderezado apoyándose en un codo. Se seca los ojos con la sábana mientras busca los cigarrillos a tientas y, al no encontrarlos, se acuerda de pronto de dónde está. Lo recuerda todo, lo que sucedió el día anterior, la velada... Recuerda inmediatamente que tiene que irse, salir de esa casa. Levantarse e irse, pero se queda ahí, clavada en la cama, incapaz de un gesto mínimo. Agotada.

Vestido de novia
Pierre Lemaitre

Editorial Alfaguara

miércoles, 17 de junio de 2015

BIG BROTHER

Mientras volvía a buscar a mi hermano con la vista, observé detenidamente a los pasajeros de ese vuelo, gente a cuya geometría me había vuelto tan inmune que, al principio, no capté la altanera inferencia de la mujer. Si las generaciones anteriores eran puros ángulos agudos, los norteamericanos de hoy están hechos con perpendiculares, y los que estaban al final de la cinta eran todos igual de «cuadrados». Dada la pasmosa popularidad de los tejanos de «tiro bajo», unas ajustadas pretinas cruzaban las caderas en el punto más ancho y un poco por debajo de la tripa, a la que, de vez en cuando, un top demasiado corto dejaba al descubierto en todo su convexo esplendor. Yo evitaba esa moda nada agraciada, pero con mis nueve kilos de más no me distinguía de la multitud, y me sentí personalmente insultada cuando el deportista dijo por lo bajo a su acompañante:

-Bienvenida a Iowa.

Big Brother
Shriver, Lionel
Anagrama
Traducción de Daniel Najmías


domingo, 7 de junio de 2015

Memorias de un cazador

Yermolái pertenecía  a uno de mis vecinos, un terrateniente chapado a la antigua. A los terratenientes chapados a la antigua no les gustan las "becadas"y son partidarios de las aves de corral. Tan sólo en contadas ocasiones, como el día del cumpleaños, del santo y de las elecciones, los cocineros de los terratenientes de rancio abolengo se aprestaban a condimentar aves de pico largo, y con ese apasionamiento propio del ruso cuando no sabe bien lo que hace, inventan para ellas aderezos tan complicados, que la mayoría de los comensales examinan con curiosidad y atención los manjares que les han servido, pero no se deciden en modo alguno a probarlos. Yermolái tenía orden de suminsitrar una vez al mes a la cocina del señor dos parejas de urogallos y perdices, por lo demás le estaba permitido vivir dónde y cómo quisiera. Habían renunciado a él como persona inepta para cualquier clase de trabajo, por considerarlo como un "escuerzo", como decimos en Oriol. Ni que decir tiene que lo le daban ni pólvora ni perdigones, ateniéndose a las mismas reglas, según las cuales él tampoco daba de comer a su perro.


Yermolái era un individuo de un género muy singular: despreocupado como un pájaro, bastante parlanchín, de apariencia distraída y torpe; era muy dado a la bebida, no podía estar quieto en un sitio determinado, arrastraba los pies al andar y caminaba haciendo eses, y con todo y con eso se tragaba unas cincuenta verstas en un día.

Memorias de un cazador
Iván Turguénev
Editorial Cátedra

jueves, 21 de mayo de 2015

Música para feos

    Era un viernes por la noche, o lo que es lo mismo, el momento más temido por una mujer como yo: joven, pero ya no tanto como para tener el alma y la piel libres de rasguños, y con algún recorrido a las espaldas, pero todavía no tanto como para comprarme un gato y no esperar nada más de la vida.  El temor se agrava cuando compruebas que en ese momento fatídico no tienes grabado en la agenda del móvil el número de nadie a quien puedas llamar sin que la perspectiva te inspire aburrimiento, asco o la mezcla de ambos. En esa situación, detestable y absurda, bien puede suceder que te prestes a probar alguna solución descabellada. Y eso fue, justamente lo que yo hice.
    Así fue como me dejé arrastrar por Alba, la más descerebrada, banal e imprudente de mis compañeras, a una de sus famosas correrías nocturnas, de las que, desde que yo la conocía, no había  sacado nunca nada bueno y sí más de un disgusto. Supongo que en la rapidez con que esa noche me dejé liar para lo que Alba no había podido liarme nunca antes debió de pesar alguna clase de impulso autodestructivo. No pasaba por mi mejor momento, en ningún sentido: ni en lo laboral, ni en lo personal, ni en la correspondencia de mi mente y mi cuerpo con lo que prefería que una y otra fueran. Es curioso lo poco que gobernamos nuestra existencia. Porque esa noche, en vez de estrellarme, encontré lo único hermoso y limpio que de veras he tenido.

Música para feos
Lorenzo Silva
Editorial Planeta, 2015

miércoles, 13 de mayo de 2015

A Lupita le gustaba planchar

Había dos jovencitas dentro del grupo y Lupita se dedicó a “recortarlas” duramente. Si había algo que le molestaba era la manera de vestir de las mujeres provenientes del campo. De inmediato aventaban el huipil y se enfundaban unos jeans, de ésos que se colocan a la altura de las caderas y se ponían unas ajustadas playeras por arriba del ombligo, que en conjunto no hacían otra cosa que resaltarles poderosamente la panza y las lonjas. Las imaginaba vestidas a la usanza tradicional de las comunidades indígenas de donde provenían y de inmediato recuperaban belleza y dignidad ante sus ojos. El trueque de la elegancia, originalidad y la hermosura de su ancestral vestimenta por la uniformidad de la ropa importada, fabricada en serie, carente de pasado y planeada para dar estatus a quien la portaba convertía a esas mujeres en usurpadoras. Al verlas Lupita se preguntaba ¿por qué se cortaban las trenzas y se hacían permanente igualito que el de la “Mami”?, ¿por qué se vestían de esa manera que en nada les favorecía?, ¿por qué hacían tanto esfuerzo por aparentar lo que no eran?

QUINIENTOS AÑOS ANTES          

Se castigaba con cien azotes, una multa de cuatro reales o con la prisión a aquellos que vistieran trajes indígenas. Los españoles habían prohibido su uso después de la conquista pues consideraban que los indígenas tenían que asumir una nueva manera de hablar, de vestir, de comer y de actuar bajo sus órdenes. A todos aquellos que obedecían les era permitido vestirse y alhajarse a la usanza española, como recompensa por su sometimiento a las nuevas leyes.

A Lupita le gustaba planchar
Laura Esquivel
Suma, 2014

miércoles, 6 de mayo de 2015

Trilogía del Baztán

Le dolían las piernas, la espalda, la cabeza. Sentada en la sala de espera del Instituto Navarro de Medicina Legal, pensaba en la multitud de ocasiones en las que había visto pasar a los familiares de las víctimas esperando, como ahora lo hacía ella. Recorrió la sala con la mirada, estudiando los gestos de sus compañeros, que se habían sentado juntos y susurraban con aquel tono reservado para los velatorios y que le hizo pensar en las mujeres reunidas en el caserío de los Ballarena. 

Se puso en pie y caminó hasta la ventana. Los copos grandes y secos habían blanqueado la calle amortiguando los sonidos de la ciudad, que parecía sorpresivamente detenida por la fuerza de la nevada. Pensó entonces que Elizondo estaría precioso, y más que nada en el mundo deseó volver a casa. Montes se colocó silencioso a su lado y con gesto de disculpa le tendió un vaso de papel lleno de café. Ella lo tomó de sus manos.     

—Usted sabía que estaba muerto cuando me llamó.


Señorío de Bértiz

Valle de Baztan


La foto es de @patriciatrigovil , que me descubrió la trilogía del Baztán, escrita por Dolores Redondo.