domingo, 6 de septiembre de 2015

Soy Pilgrim


Los domingos solía ir paseando hasta la Bebelplatz. Lo que me atraía de aquel lugar no era su grandiosa arquitectura, sino la maldad que se respiraba allí.  
—¿Qué maldad? —me preguntó.  
—Una noche del mes de mayo de 1933, los nazis invadieron esa plaza con una muchedumbre armada con antorchas y saquearon la biblioteca de la Universidad Friedrich-Wilhelm, que estaba al lado. Cuarenta mil personas lanzaban vítores al tiempo que echaban al fuego veinte mil libros de autores judíos. Muchos años más tarde, se incrustó una placa de cristal en el suelo para marcar el lugar exacto en el que se había hecho aquella hoguera. Al otro lado del cristal, se ve una habitación subterránea, toda blanca, forrada de estanterías, desde el suelo hasta el techo...  
—¿Una biblioteca vacía? —adivinó el Susurrador.  
—Exacto —repuse—, ése es el mundo en el que estaríamos viviendo si hubieran vencido aquellos fanáticos.
—Es una buena forma de conmemorarlo —admitió el Susurrador al tiempo que asentía con la cabeza—. Mejor que una maldita estatua.

Soy Pilgrim
Terry Hayes

La chica del tren

Megan sigue desaparecida y he mentido —repetidamente— a la policía.     

Cuando llegué anoche a casa estaba asustada. Intenté convencerme de que habían venido a verme por lo del accidente con el taxi, pero eso no tenía ningún sentido. Ya había hablado con un policía en la escena del atropello: estaba claro que había sido culpa mía. Así pues, la visita tenía que estar relacionada con los acontecimientos de la noche del sábado. Debía de haber hecho algo. Debía de haber cometido algún acto terrible que no recordaba.     Sé que parece improbable. ¿Qué podría haber hecho? ¿Ir a Blenheim Road, atacar a Megan Hipwell, deshacerme de su cadáver en algún lugar y luego olvidarlo todo? Suena ridículo. Es ridículo. Pero sé que el sábado pasó algo. Lo supe en cuanto miré ese oscuro túnel que cruza por debajo de la línea del tren y la sangre se me congeló en las venas.

Las lagunas mentales existen, y no me refiero únicamente al hecho de no recordar bien cómo se regresó del club a casa o a haber olvidado aquello tan gracioso de lo que se habló en el pub. Es distinto. Me refiero a una negrura absoluta, a horas perdidas que ya nunca se recordarán.

La chica del tren
Paula Hawkins

El amante japonés

El chofer la trasladó con el gato y dos maletas. Una semana más tarde, Alma renovó su carnet de conducir, que no había necesitado en varias décadas, y compró un Smartcar verde limón, tan pequeño y liviano, que en una ocasión tres muchachos traviesos le dieron la vuelta a pulso cuando estaba estacionado en la calle y lo dejaron con las ruedas al aire, como una tortuga patas arriba. La razón de Alma para escoger ese automóvil fue que el color estridente lo hacía visible para otros conductores y que el tamaño garantizaba que si por desgracia atropellaba a alguien, no lo mataría. Era como conducir un cruce entre bicicleta y silla de ruedas.

 
—Creo que mi abuela tiene problemas serios de salud, Irina, y por soberbia se encerró en Lark House, para que nadie se entere —le dijo Seth.    
—Si fuera cierto ya estaría muerta, Seth. Además, nadie se encierra en Lark House. Es una comunidad abierta donde la gente entra y sale a su antojo. Por eso no se admiten pacientes con Alzheimer, que pueden escaparse y perderse.    
—Es justamente lo que me temo. En una de sus excursiones a mi abuela puede pasarle eso.    
—Siempre ha vuelto. Sabe dónde va y no creo que vaya sola.    
—¿Con quién, entonces? ¿Con un galán? ¡No estarás pensando que mi abuela anda en hoteles con un amante! —se burló Seth, pero la expresión seria de Irina le cortó la risa.    
—¿Por qué no?    
—¡Es una anciana!    
—Todo es relativo. Es vieja, no anciana. En Lark House, Alma puede ser considerada joven. Además, el amor se da a cualquier edad. Según Hans Voigt, en la vejez conviene enamorarse; hace bien a la salud y contra la depresión

El amante japonés
Isabel Allende

La mujer que arañaba las paredes

—Hola, me llamo Assad —se presentó, tendiendo una mano peluda que había hecho de todo en la vida.
Carl no se dio cuenta enseguida de dónde estaba y con quién hablaba. Tampoco había sido una mañana emocionante. De hecho se había quedado profundamente dormido con los pies encima de la mesa, con el cuaderno de Sudokus en la barriga y la barbilla hundida en la pechera de la camisa. La raya por lo general tan perfecta parecía un gráfico de ritmo cardíaco. Bajó de la mesa las piernas casi paralizadas y se quedó mirando al tipo bajo y moreno que tenía delante. 

Seguro que era mayor que Carl.

Y seguro que no lo habían reclutado en el pueblecito del que procedía Carl.

—Assad, vale —respondió Carl, aturdido. ¿Qué le importaba a él?

—Eres Carl Mørck, por lo que pone en la puerta. Dicen que tengo que ayudarte. ¿Es verdad?

Carl entornó un poco los ojos y sopesó la frase. ¿Ayudarlo?

—Joder, espero que sí —dijo por fin.

Departamento Q. La mujer que arañaba las paredes
Jussi Adler-Olsen

*En la foto, Carl Mørck y Assad en la película Misericordia, basada en el libro.

domingo, 2 de agosto de 2015

La caída de los gigantes


El filósofo Bertrand Russell fue a Rusia ese año y escribió un breve libro titulado Teoría y práctica del bolchevismo, que estuvo a punto de provocar el divorcio de los Leckwith.

Russell se mostró en contra de los bolcheviques con gran vehemencia. Y, lo que es peor aún, lo hizo desde un punto de vista de izquierdas. A diferencia de los críticos conservadores, él no afirmaba que el pueblo ruso no tuviera derecho a deponer al zar, a repartir las tierras de los nobles entre los campesinos y a dirigir sus propias fábricas. Al contrario, se mostraba conforme con todo aquello. Sin embargo, atacó a los bolcheviques, no por tener los ideales equivocados, sino por tener los ideales correctos pero ser incapaces de vivir de acuerdo con ellos. De modo que sus conclusiones no podían desecharse de plano por ser propaganda.

Bernie lo leyó primero. Como todos los bibliotecarios, no soportaba que la gente escribiera en los libros, pero en este caso hizo una excepción, y garabateó las páginas con comentarios iracundos, subrayó frases y escribió «¡Sandeces!» o «¡Argumento inválido!» con lápiz en los márgenes.

Ethel lo leyó con el bebé en brazos, que ya había cumplido un año. Le pusieron Mildred, pero siempre la llamaban Millie. La Mildred mayor se había trasladado a Aberowen con Billy y ya estaba embarazada del primer hijo de ambos. Ethel la echaba de menos, aunque se alegraba de poder utilizar las habitaciones del piso de arriba de la casa. La pequeña Millie tenía el pelo rizado y, a pesar de su corta edad, una mirada coqueta que recordaba a Ethel a todo el mundo

La caída de los gigantes
Ken Follet, 2010

jueves, 16 de julio de 2015

De qué hablo cuando hablo de correr

     Como todavía no me he quitado de encima el cansancio acumulado a causa de tanto entrenamiento, apenas consigo correr con velocidad. Por la mañana, mientras corro tranquilamente a mi ritmo por la ribera del Charles, me adelantan, una tras otra, unas chicas que parecen estudiantes que acaban de ingresar en Harvard. La mayoría de ellas son bajitas y estilizadas, llevan camisetas de color fucsia con el logotipo de Harvard y colas de caballo rubias, y escuchan música en sus iPod nuevos, mientras corren en línea recta cortando el viento. Hay en ello, sin duda, algo de desafiante y de agresivo. Parecen estar acostumbradas a ir adelantando a todo el mundo. Y seguramente no están habituadas a que las adelanten. Salta a la vista que son brillantes, sanas, atractivas, serias y muy seguras de sí mismas. En la mayoría de los casos, su forma de correr no es, se mire como se mire, la idónea para las largas distancias; es propia de corredores de media distancia. Su zancada es larga y tienen un apoyo incisivo y firme. Tal vez correr tranquilamente mientas se contempla el paisaje no encaje con su mentalidad.
     En  contraste, yo estoy (aunque no me enorgullece decirlo) bastante acostumbrado a perder. Hay en este mundo un montón de cosas que exceden mi capacidad y un montón de adversarios a los que jamás vencería. Pero esas chicas tal vez no conozcan aún ese tipo de dolor. Además, lógicamente, tampoco hace falta que conozcan ahora ese tipo de cosas. Y sobre esto divago mientras contemplo el balanceo de sus pretenciosas colas de caballo y sus beligerantes piernas estilizadas. Y continúo corriendo tranquilamente, a mi ritmo, por la ribera.
     ¿Existieron en mi vida días tan radiantes como los que viven ellas? Sí, puede que sí hubieran... Pero tengo la impresión de que, aunque en aquella época yo hubiera llevado una larga cola de caballo, su vaivén no habría sido tan pretencioso como el de las suyas. Y mis piernas de entonces tampoco debían de batir el suelo con tanta fuerza como las de ellas. Pero supongo que eso es lo lógico. A fin de cuentas, ellas son brillantes estudiantes de la excelsa Universidad de Harvard.

De qué hablo cuando hablo de correr
Haruki Murakami, 2007

Billie

     Tampoco es que me hubieran maltratado a lo bestia en mi infancia, en plan hasta el extremo de acabar en la primera página del periódico local de sucesos, pero sí que me pegaban un poco todo el tiempo.
     Todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo...
     Que si una bofetadita aquí, que si una bofetadita allá, que si ahora una colleja, que si una patada en las piernas cuando pasaba por ahí o cuando ni siquiera pasaba por ahí, las manos siempre levantadas como diciendo te voy a meter una que te avío y tal, y eso me había... ¿Cómo decirlo?
     Recuerdo que un día leí a escondidas en la biblioteca del colegio un folleto sobre el alcohol que decía que, por supuesto, no había que beber, pero que si por ejemplo te pillabas una buena cogorza una noche, era como derramar un cubo de agua en el suelo: no estaba muy bien, pero bueno, pasabas la fregona, el suelo se secaba y listo, mientras que el alcoholismo, incluso bien disimulado o incluso controlado, era como un goteo continuo, y que, poquito a poco, gota a gota, al final se te hacía un agujero en el suelo. Aunque fuera un suelo súper sólido...
     Pues bien, eso eran las bofetaditas y los moretones que acumulaba sin tregua desde que era niña... No me mandaron a las páginas de sucesos ni llamaron la atención de las trabajadoras sociales, pero me perforaron la cabeza. Y por eso tenía tanto miedo siempre: hasta la más mínima corriente de aire me atravesaba de parte a parte y me derribaba. Y por aquel entonces Franck tampoco era lo bastante fuerte para taparme ese agujero como yo hubiera necesitado. Por eso nos andábamos con tantas precauciones el uno con el otro.