De repente sonríe. Se viste su grueso abrigo de escarabajo y su sombrero de verano, de paja negra, y nos dirigimos al Rose Garden Restaurant. Encuentro una mesa alejada del paso de la gente, con rosales tras ella y lleno una bandeja de pasteles de crema y pasamos la tarde allí. Comió y comió, a su manera lenta, apasionada, que quiere decir: ¡voy a meterme esto dentro mientras pueda!... y luego se limitó a permanecer sentada y a mirar y mirar. Sonreía, estaba encantada. Oh, pequeños, pequeños, repitió, pequeños... a los gorriones, a las rosas, a un niño en su cochecito cerca de ella. Pude advertir que ella estaba fuera de sí con un placer feroz, casi rabioso, este mundo cálido de luz era como un espléndido regalo. Porque lo había olvidado, en aquel triste sótano, en aquellas tristes calles. Me preocupaba que fuera excesivo para ella dentro de aquel grueso caparazón negro, porque hacia mucho calor y había mucho ruido. Pero ella no quería irse. Se quedó allí hasta que cerraron.
Y cuando la acompañé a casa iba cantando ensoñadoramente, la acompañé hasta la puerta y me dijo:
-No, déjeme, déjeme, quiero estar sola y pensar en esto. Ah, tengo que pensar en tantas cosas maravillosas.
Lo que me sorprendió, al verla a plena luz del día, fue su color amarillo. Unos ojos azules brillantes en una cara que parece pintada de amarillo.
Diario de una buena vecina
Doris Lessing
1993. Ediciones B
Traducción de Marta Pessarrodona






