viernes, 9 de septiembre de 2016

Puro fuego


Flaca y ágil como una serpiente se desliza con esfuerzo por una rendija entre dos edificios, nadie va a creer que Legs Sadovsky se escabulló por un espacio tan angosto, luego ya está corriendo en la oscuridad exterior bajo una mansa y tibia lluvia de verano y se agazapa detrás de la casita A notando que unos ojos se le clavan en la espalda y en lo alto de la cabeza y tensando todo el cuerpo en espera de la rociada de balas como en una película de tema carcelario pero no sucede nada, nadie le grita dándole el alto, no suena ninguna alarma y al llegar al muro —¡al muro!— no vacila sino que salta hacia arriba para colgarse del áspero bloque de cemento, romo e informe, salta hacia arriba como un gamo alcanzado en el corazón por un disparo, salta hacia arriba, más arriba, asiéndose y aferrándose y volviendo a caer, y se muerde el labio inferior hasta hacerse sangre, sonríe pensando en lo asombrada que esta vez se quedará Maddy Wirtz cuando la vea entrar a gatas en su cuarto, piensa FOXFIRE ARDE Y ARDE SIN CESAR y ¡FOXFIRE NUNCA MIRA ATRÁS! hasta que por último la agarran, le gritan, se la llevan levantándola medio en vilo mientras se retuerce y patalea y una de las guardias dice tienes suerte de que te hayamos atrapado ahí, si llegas a saltar el muro te caen otros seis meses de fijo.

Puro Fuego
Joyce Carol Oates
Punto de lectura, 2008

Donde los escorpiones


Poco después, mientras madre e hija departían en la cocina, tuve con el coronel una segunda vuelta de aquella conversación, aunque en un tono mucho menos vehemente y algo más profesional.    

—¿Os han dado alguna formación de autoprotección, por si tenéis que salir del recinto de la base? O para las amenazas que puedan presentarse allí dentro. En esos sitios casi es más peligroso el escenario green-on-blue, un posible ataque de afganos supuestamente leales.    

—Lo sé —dije, para darle sensación de controlar—. Así se llevaron por delante a dos compañeros nuestros allí, hace unos años 

—¿Y entonces? —insistió.    

—Nos han dado instrucciones básicas —mentí, y para calmar mi conciencia añadí algo que fuera cierto—: Además, tenemos un equipo de gente allí, personal entrenado y escogido, de nuestras unidades de acción rápida. Nos darán seguridad en lo que necesitemos.    

El coronel sopesó la información. Pareció complacerle.    

—Mejor así. La madre está insoportable. No vamos a descansar hasta que regrese. Cuídamela, te lo pido como favor personal.    

—No tiene que pedírmelo. Mi gente es lo primero, para mí.   

 —Así debe ser —asintió, solemne.    

A eso de la medianoche los dejamos allí, en su casita acariciada por la brisa de la bahía. Mientras Chamorro ponía el coche en movimiento, miré cómo quedaban atrás, en esa soledad desvalida que algún día es la de todos los que somos padres, cuando comprendemos que no estaremos para amparar frente a todo mal a nuestros hijos y que hemos de confiar en otros que tal vez no puedan, no quieran, no sepan.

Donde los escorpiones
Lorenzo Silva
Destino, 2016

viernes, 15 de julio de 2016

Irene



Estructuralmente, es un obseso. A pesar de las apariencias, no hay duda de que no está afectado por un delirio destructivo. Más bien por un delirio posesivo que lleva a la destrucción, pero no constituye la parte más importante de su búsqueda. Quiere poseer mujeres, pero esa posesión no le aporta tranquilidad. Entonces las tortura. Pero esa tortura tampoco le tranquiliza, por lo cual las mata. Sin embargo, el asesinato no tiene ningún efecto. Puede poseerlas, violarlas, torturarlas, descuartizarlas o ensañarse con ellas, la cosa no tiene solución. Lo que busca no es de este mundo. Sabe confusamente que nunca encontrará descanso. No se detendrá nunca porque su búsqueda no tiene fin. Ha adquirido, al cabo de los años, un auténtico odio por las mujeres. No por lo que son, sino porque son incapaces de aportarle consuelo. Ese hombre vive, en el fondo, un drama de soledad

Irene 
Pierde Lemaitre
2006

jueves, 2 de junio de 2016

Tiempos de hielo

El faro de la Isla de Grimsey, en Islandia
Rögnvar aspiró varias bocanadas seguidas, cerrando los ojos.    

-De la estela no se podía sacar ningún trozo. Entonces escogí una pequeña roca lisa que había al lado; la chica no iba venir a comprobarlo, ¿verdad? Y me volví al bote. En el momento de arrancar el motor, sentí un dolor espantoso en la pierna izquierda. Como si me hubieran prendido fuego en los huesos. Grité, me agarré al bote y caí dentro mientras me sujetaba la pierna. Y la calma era menos calma. Algo gruñía, jadeaba, incluso apestaba. Apestaba a podrido, apestaba a muerte. Con una mano, me apretaba la pierna y con la otra sujetaba el timón; volví lo más rápido que pude, casi choco contra el espigón del puerto. Dalvin y Tryggvi llegaron corriendo y todo fue rápido. Me llevaron a toda velocidad al hospital de Akureyri y allí, sin más, me cortaron la pierna. Me desperté así. No había ni una herida, nada. Solo era la pierna que se estaba pudriendo simplemente, sin razón, azul y verde. Incluso salió un artículo en el periódico. Una hora más y la hubiera palmado. Era el afturganga, había querido matarme.

-¿Qué es el afturganga? —preguntó Adamsberg.

-El muerto viviente, el demonio que posee la isla. Ahora ya tienes tu historia, Almar.

Tiempos de Hielo
Fred Vargas, 2015


jueves, 26 de mayo de 2016

Sumisión

   En cuanto llegué al restaurante vasco al que había invitado a cenar a Aurélie, comprendí que iba a ser una velada siniestra. A pesar de las dos botellas de Irouléguy blanco que me bebí prácticamente solo, sentí una creciente dificultad, que pronto se volvió insalvable, para mantener un nivel razonable de comunicación calurosa. Sin que lograra verdaderamente explicármelo enseguida me pareció indelicado y casi impensable evocar recuerdos comunes. En cuanto al presente, era evidente que Aurélie no había logrado entablar una relación conyugal, que las aventuras ocasionales cada vez la hastiaban más, en resumen, que su vida sentimental se encaminaba a un desastre irremediable y absoluto. Sin embargo, lo había intentado por lo menos una vez, como comprendí por diversos indicios, y no se había recuperado de ese fracaso, el resentimiento y la acritud con que evocaba a sus colegas masculinos (a falta de algo mejor, nos pusimos a hablar de su vida profesional, era responsable de comunicación en el sindicato interprofesional de los vinos de Burdeos y por consiguiente viajaba mucho, en particular a Asia, para promocionar los vinos franceses) revelaban con cruel evidencia que estaba muy castigada. Me sorprendió cuando, sin embargo, me invitó, justo antes de salir del taxi, a «tomar una última copa», está realmente para el arrastre, me dije, ya sabía en cuanto se cerraron las puertas del ascensor detrás de nosotros que no pasaría nada, no me apetecía siquiera verla desnuda, hubiera preferido evitarlo pero, sin embargo, ocurrió y no hizo más que confirmar lo que ya presentía: no sólo estaba castigada en el terreno emocional sino que su cuerpo también había sufrido daños irreparables, sus nalgas y sus senos eran superficies de carne enflaquecidas, reducidas, fláccidas y colgantes, ya no podría ser considerada nunca un objeto de deseo.

Mi cena con Sandra se desarrolló más o menos siguiendo el mismo esquema, salvo variaciones individuales (restaurante de marisco, cargo de secretaria de dirección en una multinacional farmacéutica) y la conclusión fue a grandes rasgos idéntica salvo que Sandra, más rolliza y jovial que Aurélie, me dio una sensación de desamparo menos profunda. Su tristeza era muy grande, irremediable, y sabía que acabaría anegándolo todo; al igual que Aurélie, en el fondo no era más que un pájaro cubierto de chapapote, pero conservaba, por así decirlo, mayor capacidad para batir las alas. En uno o dos años habría dejado de lado cualquier ambición matrimonial, su sensualidad aún no extinguida del todo la empujaría a buscar la compañía de jóvenes, se convertiría en lo que en mi juventud se llamaba una cougar y eso duraría sin duda unos años, una decena en el mejor de los casos, hasta que el decaimiento esta vez insalvable de sus carnes la conduciría a una soledad definitiva.          

Sumisión
Michel Houellebecq
Anagrama
Traducción de Joan Riambau 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un paseo por la sombra

  
Antes de aquel domingo recibí dos visitas. una de Shelagh Delaney, que me confesó que detestaba las manifestaciones, las algaradas y en general cualquier concentración masiva, pero que suponía que no nos quedaba más remedio que ir. Exactamente lo que sentí yo. La otra fue de Vanessa Redgrave, profundamente excitada, como una joven y hermosa Juana de Arco, o una Bodiacea, hablando sin cesar de la brutalidad de la policía. Se hacía tarde e insinué que tenía ganas de acostarme. Se puso en pie con toda su elegante altura e inquirió: "¿Cómo puedes siguiera pensar en ir a dormir en una noche así?". Es un tópico que la etapa que uno acaba de superar resulta intolerable cuando la ve en otro. Y yo pensaba: "Dios mío, así era yo no hace tanto tiempo. ¿Cómo me soportaban los demás?".
Un paseo por la sombra
Doris Lessing
Ediciones Destino
Traducción de María Faidella


martes, 17 de mayo de 2016

Diario de una buena vecina

   De repente sonríe. Se viste su grueso abrigo de escarabajo y su sombrero de verano, de paja negra, y nos dirigimos al Rose Garden Restaurant. Encuentro una mesa alejada del paso de la gente, con rosales tras ella y lleno una bandeja de pasteles de crema y pasamos la tarde allí. Comió y comió, a su manera lenta, apasionada, que quiere decir: ¡voy a meterme esto dentro mientras pueda!... y luego se limitó a permanecer sentada y a mirar y mirar. Sonreía, estaba encantada. Oh, pequeños, pequeños, repitió, pequeños... a los gorriones, a las rosas, a un niño en su cochecito cerca de ella. Pude advertir que ella estaba fuera de sí con un placer feroz, casi rabioso, este mundo cálido de luz era como un espléndido regalo. Porque lo había olvidado, en aquel triste sótano, en aquellas tristes calles.
   Me preocupaba que fuera excesivo para ella dentro de aquel grueso caparazón negro, porque hacia mucho calor y había mucho ruido. Pero ella no quería irse. Se quedó allí hasta que cerraron.
   Y cuando la acompañé a casa iba cantando ensoñadoramente, la acompañé hasta la puerta y me dijo:
   -No, déjeme, déjeme, quiero estar sola y pensar en esto. Ah, tengo que pensar en tantas cosas maravillosas.
   Lo que me sorprendió, al verla a plena luz del día, fue su color amarillo. Unos ojos azules brillantes en una cara que parece pintada de amarillo.


Diario de una buena vecina
Doris Lessing
1993. Ediciones B
Traducción de Marta Pessarrodona