miércoles, 25 de mayo de 2016

Un paseo por la sombra

  
Antes de aquel domingo recibí dos visitas. una de Shelagh Delaney, que me confesó que detestaba las manifestaciones, las algaradas y en general cualquier concentración masiva, pero que suponía que no nos quedaba más remedio que ir. Exactamente lo que sentí yo. La otra fue de Vanessa Redgrave, profundamente excitada, como una joven y hermosa Juana de Arco, o una Bodiacea, hablando sin cesar de la brutalidad de la policía. Se hacía tarde e insinué que tenía ganas de acostarme. Se puso en pie con toda su elegante altura e inquirió: "¿Cómo puedes siguiera pensar en ir a dormir en una noche así?". Es un tópico que la etapa que uno acaba de superar resulta intolerable cuando la ve en otro. Y yo pensaba: "Dios mío, así era yo no hace tanto tiempo. ¿Cómo me soportaban los demás?".
Un paseo por la sombra
Doris Lessing
Ediciones Destino
Traducción de María Faidella


martes, 17 de mayo de 2016

Diario de una buena vecina

   De repente sonríe. Se viste su grueso abrigo de escarabajo y su sombrero de verano, de paja negra, y nos dirigimos al Rose Garden Restaurant. Encuentro una mesa alejada del paso de la gente, con rosales tras ella y lleno una bandeja de pasteles de crema y pasamos la tarde allí. Comió y comió, a su manera lenta, apasionada, que quiere decir: ¡voy a meterme esto dentro mientras pueda!... y luego se limitó a permanecer sentada y a mirar y mirar. Sonreía, estaba encantada. Oh, pequeños, pequeños, repitió, pequeños... a los gorriones, a las rosas, a un niño en su cochecito cerca de ella. Pude advertir que ella estaba fuera de sí con un placer feroz, casi rabioso, este mundo cálido de luz era como un espléndido regalo. Porque lo había olvidado, en aquel triste sótano, en aquellas tristes calles.
   Me preocupaba que fuera excesivo para ella dentro de aquel grueso caparazón negro, porque hacia mucho calor y había mucho ruido. Pero ella no quería irse. Se quedó allí hasta que cerraron.
   Y cuando la acompañé a casa iba cantando ensoñadoramente, la acompañé hasta la puerta y me dijo:
   -No, déjeme, déjeme, quiero estar sola y pensar en esto. Ah, tengo que pensar en tantas cosas maravillosas.
   Lo que me sorprendió, al verla a plena luz del día, fue su color amarillo. Unos ojos azules brillantes en una cara que parece pintada de amarillo.


Diario de una buena vecina
Doris Lessing
1993. Ediciones B
Traducción de Marta Pessarrodona

lunes, 9 de mayo de 2016

Estupor y temblores


Mi vida era un infierno: trombas de números con comas y decimales se abalanzaban incesantemente sobre mí. Se mutaban en mi cerebro formando un magma opaco y no podía diferenciarlos unos de otros. Un oculista certificó que mi vista no tenía nada que ver en el asunto. Las cifras, cuya tranquila y pitagoriana belleza yo siempre había admirado, se convirtieron en mis enemigas. La calculadora también me quería mal. A mis numerosas limitaciones psicomotrices había que añadir otra: cuando debía presionar las teclas durante más de cinco minutos, mi mano se encontraba de pronto tan enviscada como si acabara de hundirla en una espesa y pegajosa masa de puré de patatas. Cuatro de mis dedos permanecían irremediablemente inmovilizados; sólo el índice conseguía emerger hasta alcanzar las teclas, con una lentitud y una torpeza incomprensibles para quien no supiera de la existencia de las patatas invisibles. (…) Empezaba observando cada nuevo número con la misma sorpresa que debió de sentir Robinson al encontrar a un indígena en aquel desconocido territorio; a continuación, mi mano entumecida intentaba reproducirlo sobre el teclado (…)

—¿Está usted segura de que no lo hace adrede?

—Absolutamente segura.

—¿Hay mucha gente... como usted en su país?

Era la primera belga que conocía. Un sobresalto de orgullo nacional me llevó a decir la verdad:

—Ningún belga se parece a mí.

Estupor y temblores
Amélie Nothomb
Anagrama, 2000

*Así me imagino yo a la señorita Mori Fubuki

miércoles, 4 de mayo de 2016

El héroe discreto


El padre O’Donovan debía ser el único religioso que se desplazaba por la vasta Lima no en ómnibus ni colectivos, sino en bicicleta. Decía que era el único ejercicio que hacía, pero que lo practicaba de manera tan asidua que lo mantenía en excelente estado físico. Por lo demás, le gustaba pedalear. Mientras lo hacía pensaba, preparaba sus sermones, escribía cartas, programaba los quehaceres del día. Eso sí, había que estar todo el tiempo muy alerta, sobre todo en las esquinas y en los semáforos que en esta ciudad nadie respetaba, y donde los automovilistas manejaban más con la intención de atropellar a los peatones y a los ciclistas que la de llevar su vehículo a buen puerto. Pese a ello, él había tenido suerte, pues, en más de veinte años que llevaba recorriendo toda la ciudad en dos ruedas, apenas lo habían atropellado una vez, sin mayores consecuencias, y sólo le habían robado una bicicleta. ¡Excelente balance! 

El sábado, a eso del mediodía, Rigoberto y Lucrecia, que espiaban la calle desde la terraza del penthouse donde vivían, vieron aparecer al padre O’Donovan pedaleando furiosamente por el malecón Paul Harris de Barranco. Sintieron gran alivio. Les parecía tan raro que el religioso hubiera demorado tanto la cita para darles cuenta de su conversación con Fonchito que, incluso, temieron que se inventara una excusa de último momento para no venir. ¿Qué podía haber pasado en esa conversación para que se mostrara tan reticente a contársela?

Justiniana bajó a la calle a decirle al portero que permitiera al padre O’Donovan meter su bicicleta al edificio para ponerla a salvo de los ladrones y lo acompañó en el ascensor. Pepín abrazó a Rigoberto, besó a Lucrecia en la mejilla, y pidió permiso para ir al baño a lavarse las manos y la cara pues venía sudando. 

—¿Cuánto te demoraste en tu bicicleta desde Bajo el Puente? —le preguntó Lucrecia. 

—Apenas media hora —dijo él—. Con los embotellamientos que hay ahora en Lima, en bicicleta se va más rápido que en un auto

*La imagen es de Piura

El héroe discreto
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2013

viernes, 29 de abril de 2016

El tren de los huérfanos



 
Tengo 91 años, y casi todos los que alguna vez formaron parte de mi vida son ahora fantasmas. En ocasiones, estos espíritus me han resultado más reales que la gente, más reales que Dios. Llenan el silencio con su peso, denso y caliente, como la masa de pan que leuda bajo un trapo. Mi abuela, con sus ojos amables y piel como polvo de talco. Mi padre, sobrio, riendo. Mi madre, entonando una canción. Estas encarnaciones fantasmales se han despojado de la amargura, el alcohol y la depresión, y una vez muertos me consuelan y protegen como nunca lo hicieron en vida.
“He llegado a pensar que eso es el cielo: un lugar en el recuerdo de otros donde pervive lo mejor de nosotros. Quizá tengo suerte, porque a los nueve años me regalaron los fantasmas de lo mejor de mis padres y a los 23 el fantasma de lo mejor de mi amor verdadero. Y mi hermana Maisei, siempre presente, un ángel en mi hombro. Tenía 18 meses a mis nueve años, tres años a mis veinte. Ahora tiene 84 a mis 91, y sigue conmigo.
“Tal vez no sustituyen a los vivos, pero a mí no me dieron elección. Podía consolarme con su presencia o podía derrumbarme, lamentando lo que había perdido. Los fantasmas me susurraron, diciéndome que continuara”…
 

Traducción de Javier Guerrero
 

Las mujeres de Elena Ferrante


Pero a veces —especialmente cuando me arreglaba no solo para hacer buen papel en general, sino para un hombre— me parecía que prepararme (esta era la palabra) tenía algo de ridículo. Todo ese trajín, todo ese tiempo dedicado a disfrazarme cuando podía estar haciendo otra cosa. Los colores que me quedan bien, los que no me quedan bien, los modelos que me adelgazan, los que me engordan, el corte que me favorece, el que no me sienta bien. Una larga y costosa preparación. Un convertirme en mesa dispuesta para el apetito sexual del macho, en vianda bien adobada para que se le haga la boca agua. Y después la inquietud de no estar a la altura, de no parecer guapa, de no haber conseguido ocultar con destreza la vulgaridad de la carne con sus humores, sus olores, sus deformidades. Pág. 417



Elena Ferrante
Celia; Filipetto Isicato (Traductora).

lunes, 25 de abril de 2016

El domador de leones


Por primera vez en mucho tiempo, sintió como una punzada el deseo de hacerse a la mar. Pero no habría sido posible ni aunque hubiera tenido un barco: la capa de hielo era demasiado gruesa y los pocos barcos que habían arrastrado a tierra estaban helados en el puerto. En eso se parecían a ella. Así se había sentido todos aquellos años: tan cerca de su elemento natural y, aun así, incapaz de salir de su prisión.    

Sobrevivió gracias a Jonas. El amor que sentía por él era tan fuerte que todo lo demás palidecía. Durante toda su vida, ella estuvo preparada para poder interponerse entre él y el tren desbocado que ahora estaba a punto de arrollarlo. Estaba preparada y no abrigaba la menor duda. Todo lo que hacía por Jonas, lo hacía con alegría.    

Se detuvo y contempló el busto de Ingrid Bergman. Estuvo con Jonas en la ceremonia de inauguración. También presentaron la variedad de rosa que habían cultivado en su memoria. Jonas estaba expectante. Los hijos de Ingrid iban a asistir, y también la novia del hijo, Carolina de Mónaco. Jonas tenía esa edad en la que el mundo está lleno de caballeros y dragones, príncipes y princesas. Seguramente, habría preferido ver a un caballero, pero una princesa también le valía. Era muy enternecedor ver el entusiasmo con el que se preparó para asistir al gran acontecimiento. Se peinó con gomina y recogió flores del jardín, dicentra y campanillas, que acabaron bastante ajadas en sus manos sudorosas antes de que llegaran a la plaza. Como era de suponer, Einar se burló de él sin compasión, pero, por una vez, Jonas no le hizo caso. Solo pensaba en que iba a ver a una princesa de verdad.    

Helga aún recordaba la expresión de sorpresa y decepción cuando le señaló a Carolina de Mónaco. La miró temblando y dijo:   

 —Pero mamá, es como una señora cualquiera

El domador de leones
Camilla Lackberg
Maeva, 2015