domingo, 26 de abril de 2015

Los olivos de Belchite

—Últimamente he estado un poco cansada —dijo.

Aparte de la visita semanal de rigor, cuando Conchita le traía un poco de comida y aceite, madre e hija se veían dos o tres veces por semana para hablar del tiempo, la cosecha, de María, Pilar, los nietos y poco más. Los encuentros se animaban cuando Soledad se les unía, pero aun así, los muchos años de distanciamiento entre madre e hija siempre pesaban. 

Las dos habían trabajado toda su vida y les resultaba difícil relajarse, por lo que su contacto con otras personas era a menudo tenso y fugaz. Siempre andaban con prisas, a pesar de las advertencias de Soledad, que sufría por su salud y por su falta de descanso. Pero Basilisa y Conchita sólo paraban cuando el cuerpo no podía más y les obligaba a meterse en la cama, exhaustas, como le ocurría ahora a la abuela. Madre e hija sólo conocían dos velocidades: encendida o apagada.

Los olivos de Belchite
Elena Moya
Editorial Suma


martes, 21 de abril de 2015

Las ventajas de ser un marginado

Querido amigo:


Era uno de esos días en los que no me importaba ir al instituto porque hacía un tiempo precioso. El cielo estaba encapotado de nubes y el aire parecía darme un baño caliente. No creo que me haya sentido nunca tan limpio. Cuando volví a casa tuve que cortar el césped para ganarme la paga y no me importó nada. Iba escuchando música, y disfrutando el día, y recordando cosas. Cosas como caminar por el barrio y contemplar las casas y el césped y los árboles de colores y que eso me bastara.
       No sé nada sobre el zen o las cosas que los chinos o los indios hacen porque forma parte de su religión, pero una de las chicas de la fiesta, que llevaba un tatuaje y un piercing en el ombligo, se había hecho budista en julio. Apenas habla de otra cosa, salvo de lo caros que están los cigarrillos. La he visto varias veces a la hora de comer, fumando entre Patrick y Sam. Se llama Mary Elizabeth.
      Mary Elizabeth me contó que lo que tiene el zen es que te conecta con todo el planeta. Eres parte de los árboles y la hierba y los perros. Cosas así. Hasta me explicó que su tatuaje simbolizaba eso, pero no puedo recordar de qué manera. Así que supongo que el zen es un día como este, en el que formas parte del aire y recuerdas cosas.


Las ventajas de ser un marginado
Stephen Chbosky
Traducción de Vanesa Pérez-Sauquillo
Alfaguara, 2012

martes, 14 de abril de 2015

Leche materna

Apenas se podía creer que su familia estuviese teniendo aquella hemorragia de dinero para aburrirse espantosamente por aquellas ningunas partes de la migración americana. Tanta carretera y tan pocos sitios, tanta efusividad y tan poca intimidad, tanto sabor y tan poco gusto. Anhelaba estar otra vez con los niños en Londres, alejarse de las prisas superficiales de América y regresar a la densidad de la vida corriente.



Leche materna
Edward St Aubyn
Anagrama, 2008

També això passarà

El nostre interior acaba atrapant-nos sempre. Acabarem sent qui som, la bellesa i la joventut només serveixen per camuflar-nos un temps. En certs moments, crec que començo a entreveure la cara que tindran els meus amics, ho ignoro tot de la dels meus fills, és massa aviat, estan inundats de la llum de la vida, reverberen, i amb prou feines m'atreveixo a mirar la meva, de reüll, des de lluny.


També això passarà
Milena Busquets
Ara Llibres, 2015

miércoles, 1 de abril de 2015

Saber perder

A veces paseaban a solas por los caminillos del Retiro y ella se detenía a saludar a algún conocido ecuatoriano que miraba a Lorenzo como si lo juzgara un usurpador. Si él le comentaba algo sobre las miradas como machetes que le prodigaban sus paisanos ella sólo decía no hagas caso, son hombres.
Yo he tardado mucho tiempo en poder soportar esas miradas de los hombres que parecen poseerte entera, le explicó un día Daniela. ¿Crees que no siento esos ojos que te manosean por delante y por detrás? Son miradas que te hacen sentirte como una puta sucia sobre la que ellos tienen derecho de disfrute. Los hombres son siempre muy agresivos. Lorenzo se veía en la obligación de justificarlos, decía que no siempre escondía violencia esa manera de mirar, a ratos podía ser una forma de admiración. Si un hombre quiere halagarte, le explicaba ella, sólo tiene que mirarte a los ojos y bajar la vista, no tiene por qué regodearse en tus pechos y en las caderas y acosarte. Esos que te desafían con la mirada cuando te ven conmigo son los mismos que me violarían con los ojos si me los encontrara sola.


Saber perder
David Trueba
Ed. Anagrama, 2008

jueves, 26 de marzo de 2015

Galveston

 La gente nos observó con especial atención cuando salimos del bar, porque a nadie le gustaba la idea de lo que se suponía que íbamos a hacer a continuación: un hombre como yo y una chica como ella. Yo miraba fijamente a través del parabrisas y la cabeza de Rocky no paraba de oscilar ligeramente sobre sus hombros. Circulé por la interestatal en la que conocía unos cuantos hoteles, pero todos me parecieron demasiado iluminados, así que giré en dirección sudeste, hacia los barrios negros de la ciudad, pagué una habitación de motel que daba a un solar abandonado y a un centro comercial con las ventanas selladas. El sitio se llamaba The Starliter. Pagué en efectivo y la recepcionista, una anciana negra casi calva que esnifaba rapé, no me pidió ningún documento de identidad.

Me recordó a Matilda, la cocinera de la casa de acogida que nos preparaba huevos deshidratados con morcilla.     La habitación tenía una única cama doble y el aire acondicionado hacía tintinear el cristal de la ventana. Rocky fue al baño mientras yo me quitaba las botas, guardaba la pistola en una de ellas y las metía debajo de la cama junto con la caja de seguridad. Me quité la cazadora y el cinturón y me acomodé en la única silla de la habitación, con las piernas estiradas y los ojos cerrados encarados hacia el techo, con la esperanza de que el mundo dejara de dar vueltas por un momento.    



Oí el chasquido de la puerta del lavabo y entreabrí los ojos. Rocky entró en la habitación en bragas y camiseta sin mangas, con la melena corta mojada y peinada hacia atrás. La bombilla del baño la iluminaba como a una de esas chicas sofisticadas de los pósteres de las revistas. Dejó el resto de su ropa plegada debajo del bolso en una esquina; yo mantuve los ojos entrecerrados para hacerme el dormido. Se acercó a mí y percibí su olor, un aroma almizclado y floral. Me puso una mano en el hombro.     

—¿Roy?

Galveston
Nick Pizzolato
Salamandra, 2010

viernes, 20 de marzo de 2015

La crisis de Shep

       -Pero lo más difícil del mundo es llegar a entender lo que "quieres". A mí me parece que eso que has planeado durante tanto tiempo era una enorme crisis existencial.
      Otra vez el pasado, pinchándole el cuello como una etiqueta con las instrucciones de lavado, y Shep nunca había sido capaz de entender del todo esa palabra. Existencial.
       -Puede que al final resulte que no quiero nada especial.
       -¿Y entonces? ¿Qué harías? ¿Pasarte el día tumbado y dormitando? Mírame a mí. Sinceramente, no es una perspectiva emocionante.
      Al contrario, sonaba fantástico. Solo faltaba una hora y veinte minutos para que sonara el despertador.
      -No puedes disfrutar de este tiempo libre porque es algo impuesto -dijo Shep-. Y porque te sientes fatal. Por eso es precioso el tiempo que tenemos mientras nos sentimos bien. No estoy simplemente desperdiciando mi vida haciendo chapuzas con placas de yeso en Queens. Estoy desperdiciando mi vida mientras tengo salud. Y tú más que nadie deberías apreciar lo injusto que es. Trabajamos como esclavos los pocos años que estamos en condiciones de disfrutar; lo que nos queda son los años de la vejez y la enfermedad. Nos enfermamos a cuenta de nuestro tiempo, y solo tenemos tiempo libre cuando pesa sobre nosotros, cuando no nos sirve para nada. Cuando ya no es una oportunidad, sino una carga.

Todo esto para qué
Lionel Shriver
Anagrama